Nelly León: La monja de las presas

Santiago/Chile

image1 

Inspirada en Santa María Eufrasia, la monja francesa que liberaba esclavas, Nelly León trabaja hace 20 años en cárceles de mujeres. Su principal tarea consiste en escucharlas, y esa experiencia, dice, le ha ayudado a entender dos cosas: por qué terminan presas y por qué el resto de la sociedad prefiere no saber mucho de ellas. Una indiferencia que también le duele en su versión piadosa, propia del elogio que más recibe y más le molesta: “Qué linda su obra, madre”.

 

La mañana del 16 de enero de 2018, Nelly León revisó por última vez el discurso que leería esa tarde en presencia del Papa, en el gimnasio del Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín. No quedó conforme: al discurso le faltaba algo. Entonces escribió: “En Chile se encarcela la pobreza”. Horas después, la frase daba la vuelta al mundo y los medios se peleaban por contar quién era “la hermana Nelly”, aplaudida a rabiar por las 400 reclusas que colmaban ese gimnasio, en una de las escasas postales de fervor cristiano que dejó la travesía de Francisco por el país.

“La inspiración nomás, pues. Yo creo que fue el Espíritu Santo”, especula ahora sobre el origen de aquella frase, mientras revisa llamadas perdidas en el patio de ingreso a la cárcel. Quiere hablar media hora, porque tiene mucho que hacer. Consignarle que lo convenido era hablar una hora resulta ser una mala jugada: “Bueno, vas a tener que apurarte. Oye, ¿y cómo sé que eres de La Tercera? Si yo a ti ni te conozco”.

“La visita del Papa fue un gran paso para nosotras -retoma-. ¿Sabes por qué? Porque pudimos mostrar que aquí hay mujeres igual que todas, que salieron preciosas en la tele, que se arreglaron para eso. Que hay mamás con hijos, mujeres que sufren. Las noticias te hacen ver que aquí hay gente muy mala, que hace cosas tremendas, pero casi nadie es así. Adentro de la cárcel está la sociedad chilena, no otra cosa”.

Capellana de este penal desde 2005 -antes de eso trabajó seis años en la Cárcel de Valparaíso y, antes de eso, en hogares del Sename-, Nelly vive hace casi dos años en San Felipe. Así lo dispuso su congregación, la del Buen Pastor. Cada mañana toma el bus de las 6.10 y llega en Metro a la cárcel pasadas las 8. Además de administrar el Patio Mandela, su función primordial es hacer “la primera contención de las internas”. Escuchar sus problemas y derivar el caso a quien corresponda. En paralelo, dirige la Fundación Mujer Levántate, que trabaja en la reinserción de las presas que ya salieron o se preparan para salir.

La población del recinto bordea hoy las 600 internas. “La cosa mejoró, porque a las imputadas se las llevaron a la Cárcel de San Miguel, que ahora es de mujeres. Acá quedaron las condenadas. Pero hace 14 años, cuando llegué, en el mismo espacio vivían 2.200 mujeres. ¡Era horroroso! Había literas de cuatro pisos que llegaban al techo, otras dormían en colchonetas en el suelo, en los baños… A mí me envió mi congregación a misionar, pero al encontrarme con esa realidad me negué a hablar de Dios. ¿Cómo le iba a decir ‘Dios te ama’ a una mujer que no tenía útiles de aseo? Esto era como un recipiente de basura al que nadie se quería asomar”.

Dos experiencias determinaron que Nelly León Correa, hija de inquilinos nacida en un fundo de Colchagua, consagrara su vida a los privados de libertad. La primera, en tercero medio, estudiando Secretariado en un politécnico de Santa Cruz. “Nos llevaron a conocer una cárcel. Y la imagen de esos hombres y mujeres detrás de las rejas me impactó muchísimo. Ahí ya tuve una intuición: yo tengo que hacer algo por esto”. Con el título de secretaria, pero sin ganas de ejercer, se vino sola a Santiago y arrendó una pieza. Mientras trabajaba de día, estudiaba en un vespertino Catequesis Educacional, para hacer clases de religión en colegios. El año 81 la mandaron a hacer su práctica en un liceo de Pudahuel, donde fue testigo de una escena que partió su vida en dos:

“Un día, haciendo clases, una niña de cuarto básico fue al baño y no volvía. Salí a buscarla y la encontré siendo abusada por un hombre… Uno de estos hombres cesantes que los planes de empleo mandaban a barrer los colegios. La niñita le estaba haciendo sexo oral. Imagínate que yo tenía 21 años y venía del campo, ni siquiera sabía que existía el sexo oral. Quedé muy mal. Además, lo denuncié a la directora y a la inspectora y no pasó nada.

¿No hicieron nada?

Nunca más vi al tipo, pero el asunto murió ahí. Y me fui a hablar con el cura de mi parroquia, que me dijo: “Lo que a ti te pasa es que estás siendo llamada para ser religiosa, para que seas monja”. “Pero, padre”, le digo, “yo no quiero ser monja, quiero casarme y tener hijos”. Tenía un pololo hacía dos años, mi proyecto era casarme con él. “Pero aquí te está pasando algo más y eso tienes que discernirlo”. Y tenía razón, yo había entrado en un conflicto: tener una familia bonita o ser libre para entregar mi vida al servicio. Pero la idea de ser monja no me convencía mucho. Hasta que conocí a las hermanas del Buen Pastor, su opción por las mujeres vulneradas. Al conocer la historia de mi fundadora, Santa María Eufrasia, quise ser como ella. Una monja muy potente: compraba esclavas, las formaba y las liberaba. Tiene frases preciosas: “Cuando una niña se fugue de la casa y vuelva, no la reprendan. Báñenla con agua caliente, denle una taza de leche y recién al otro día conversen con ella”. Es la opción preferencial por el mundo del dolor, del sufrimiento, del pecado.

No dejar a nadie abajo del bote

Exactamente, eso fue lo que me cautivó. Y como las hermanas en esa época administraban esta cárcel, me vine a vivir aquí al lado. En ese tiempo las internas escribían cartas y muchas eran analfabetas, entonces me dictaban sus cartas y yo las mandaba. Ese fue mi primer contacto.

 

Muy bonito. Además, esto parecía un internado, no una cárcel. Había guardias, pero la alcaide era la madre superiora. Estaba lleno de rosas, árboles, había parrones, una especie de viña hacia el fondo. Las mujeres trabajaban la tierra, había caballos… Cuando las hermanas le entregan la cárcel a Gendarmería, el año 96, lo primero que muere son las flores. Y han sacado un montón de árboles, porque impiden la visibilidad. Son criterios ya policiales, no de restauración humana.

También influye que a las monjas les tocó manejar un ambiente más tranquilo, ¿o no?

No había tanto consumo de drogas, entonces las chiquillas venían con menos violencia. Y ahora son mucho más jóvenes, se comportan distinto. Pero, sobre todo, eran menos internas, unas 300, esa es la gran diferencia. Y en ese ambiente, escribiendo sus cartas, las empecé a escuchar, empecé a conocer sus historias y eso me fue encantando.

¿Qué te fue encantando?

La fragilidad de la mujer, su dignidad tan expuesta, sus historias de abandono… No es que yo justifique el delito, ni digo que todos los pobres sean delincuentes. Pero que en Chile encarcelamos la pobreza, eso está claro y lo voy a sostener hasta el día de mi muerte.

En las mismas poblaciones hay gente muy reactiva a ese discurso: “Yo soy pobre y trabajo honradamente…”.

Yo no soy socióloga, pero en todos estos años he constatado que hay distintos tipos de pobreza. Una es la pobreza material, pero otra es la valórica: nadie te enseñó lo que es bueno, lo que es malo, el respeto, la responsabilidad. Naciste viendo a tu padre robar y a tu madre drogadicta, entonces ese es tu camino. Y después, la pobreza espiritual. Tú no necesitas ser religioso, pero sí saber que hay algo que trasciende este mundo, que te da una intuición, un sueño. Sin eso, la esperanza no está. Esas tres pobrezas a mí me suman miseria, y eso es lo que tenemos acá.

Cuando ellas te cuentan por qué llegaron a la cárcel, ¿cuál es el relato que hacen?

En general, es el relato de cómo cayeron en la desesperación. Nosotros tenemos un país muy injusto, pero que, además, te ofrece dinero fácil, te fomenta el deseo de tener más de lo que ganas. Pero después las deudas te comen, tienes un hijo que alimentar, y si en tu barrio hay acceso al microtráfico, te haces 200 lucas fácilmente, entonces caes en eso. Segundo, está la influencia de los pares. Primerizos que se juntan con gente que les enseña a asaltar para poder seguir carreteando. Y otro factor muy potente en las mujeres es estar asociadas a un hombre que está en la delincuencia. Ya sea en el minuto mismo del delito o porque él está preso y le exige que le lleve cosas a la cárcel, y ella empieza a robar o microtraficar para comprárselas. O les piden que les lleven droga. Varias mujeres están aquí porque las pillaron con la droga en la visita.

¿Cuántas están por microtráfico?

El 53%, más o menos. Y los demás delitos suelen estar asociados al consumo. Chile está invadido por la droga.

¿Y el narco también manda acá adentro, como en las cárceles de hombres?

Aquí no tanto. Habrá un par de mujeres que tienen poder gracias a eso, pero el control interno es muy bueno, las funcionarias no les permiten tomarse los espacios. Se ve muy poco.

A una primeriza que cae por microtráfico o que robó para consumir, ¿la meterías presa?

No, porque aquí se daña mucho más. Yo he visto a mujeres que llegaron súper pollitas, pero se juntaron con gente más avezada y ya no pudieron salir de eso. Y lo otro que me duele harto son las relaciones lésbicas circunstanciales. No tengo ningún rollo con la identidad sexual de nadie, pero cuando aquí, por la carencia afectiva, te dicen “yo te voy a proteger, júntate conmigo”, y terminas siendo pareja de esa persona… Es un tema, porque muchas lo sufren. Se lo ocultan a sus familias y se sienten intimidadas en estas relaciones.

Al momento de conocerlas, ¿te dicen que son inocentes del delito que cometieron?

En la primera conversa, muchas veces sí. Pero ya en la segunda, no. Y ese momento, el desarme de su historia, es heavy… Mucha pena. Yo he llorado muchas veces con ellas. Y cuando rezo, le pido a Dios siempre: el día que no me sienta afectada por una historia, me voy de acá.

Contigo es el momento de sacarse la máscara.

Absolutamente, hasta de la más dura. Esa que llora profundo en la oficina, después pasa al baño a lavarse la cara y me dice “las demás no me pueden ver así”.

¿Y sienten culpa por lo que hicieron? A la gente le irrita pensar que no.

Tienen mucha culpa. Son muy pocas las que no tienen “conciencia de delito”, como dicen acá en el área técnica. En 20 años trabajando en cárceles, nunca me ha tocado nadie que diga “yo soy así, voy a morir así y estoy orgullosa de lo que soy”. Y la mayor culpa que tienen es el abandono de los hijos. Una madre presa nunca deja de ser madre, eso es súper impactante. Están siempre preocupadas de lo mismo: ¿Dónde están mis hijos?

¿Cómo es el régimen de visitas para que puedan estar con ellos?

Las internas tienen seis horas de visita a la semana: dos días, tres horas cada vez. Pero de ahí a que la familia pueda venir… Y otro tema es quién les tiene a los hijos. A veces es la pareja, o la suegra, que si están enojados con ella la castigan y no le traen a los niños. Algunas reciben una visita al mes, o cada dos meses. Porque, además, los hombres las visitan poco. Hace algunos años, Gendarmería estimó que en las cárceles de hombres cerca del 90% de las visitas son mujeres. Y en las cárceles de mujeres, el 80% son también mujeres. En algunos casos, los hombres no pueden venir, porque también están presos. Pero la verdad es que las mujeres son mucho más fieles a sus cercanos privados de libertad, sean hijos, parejas o hermanos.

En las historias de vida de las mujeres presas, ¿siempre es el padre ausente o también hay dramas con sus mamás?

También hay drama por ese lado. Mamás que las abandonaron en la adolescencia, mamás alcohólicas, drogadictas, mamás que tomaron partido por sus parejas cuando abusaron de ellas… No es la generalidad, pero hay hartas marcadas por eso. Y ellas como que tratan de mantenerse fieles a sus mamás, las idealizan, pero lo que cuentan no se ajusta a ese ideal. Muchas mujeres de cárcel fueron antes niñas del Sename, precisamente porque no tuvieron una mamá contenedora.

Y tener a la mamá presa debe ser un factor de riesgo importante para iniciarse como delincuente.

Es muy grande el riesgo. Esos niños empiezan la socialización callejera a los ocho o 10 años y son presa fácil para los delincuentes avezados. Los meten por una ventana, les enseñan a manejar… Por eso digo que una mamá presa es una familia presa. Ahora estamos trabajando en una mesa en el Ministerio de Justicia, viendo la posibilidad de un beneficio para las mujeres que son madres.

“Qué buena la monjita”

La Fundación Mujer Levántate hace un trabajo de reinserción muy personalizado, durante y después de la cárcel. La idea sería trancar la puerta giratoria, pero del lado de afuera, ¿no?

Exactamente. La gente pone el grito en el cielo por la puerta giratoria, ¿pero se preocupa de esa mujer que sale libre y no tiene nada afuera? Antes, hoy ya no tanto, había mujeres que querían estar presas, porque acá tenían comida y techo, se sentían más seguras que afuera. Entonces, mi primer sueño fue tener una casa de acogida para mujeres que no tienen dónde ir cuando salen. La creamos en 2007 con el padre Alfonso Baeza y al año siguiente nos convertimos en fundación. Recién ahí, al darles un poquito de dignidad, yo puedo decirles: “Mira, estás en la cárcel porque cometiste un delito, pero tú tienes vida después. Soñemos, sueña con tu libertad. ¿Qué quieres hacer? ¿Qué quieres ser?”.

¿Y funciona?

Hace tres años hicimos una evaluación con Gendarmería. De las 600 mujeres que habían pasado por nuestro programa, el 6% había vuelto a la cárcel.

La nada.

Pero es una intervención un poquito cara, por el equipo de profesionales. Porque es como restaurar un cántaro roto: se necesitan hartas manos para que quede bonito de nuevo. La restauración humana, ¿no?

Si quisiéramos masificar esto, ¿serían costos inabarcables para el Estado?

Si en vez de construir más cárceles destinamos esa plata a la inclusión social, y si la sociedad civil también se compromete en vez de pensar que los pobres son un problema del Estado, perfectamente podríamos sacarlo adelante.

¿Reciben donaciones de privados?

Tenemos una carterita de socios, muy chica. Y algunas instituciones nos aportan algo. Pero vivimos al filo todos los años.

¿Aparecen millonarios dispuestos a ponerse?

Muy pocos. Ahora estoy buscando algunos millonarios por ahí, a ver si me resulta. Y yo te aseguro que si les tienden las manos, las mujeres se van a parar. El problema es que, como dice el capellán de Gendarmería, los muros de una cárcel no son altos para que los presos no se escapen, sino porque la sociedad no quiere ver lo que hay adentro.

Te frustra esa indiferencia.

¿Sabes lo que me duele? Cuando la gente me dice “qué linda su obra, madre”.

“Qué inspiradora…”

Claro, “qué buena la monjita, la monja canera”. ¡Cómo va a ser “mi obra” la tarea de ayudar a pararse a los otros! ¡Tiene que ser la obra de todos! Además, la retribución que tú recibes es enorme. Ver a las mujeres que se paran, que son protagonistas de sus procesos y logran romper el círculo, eso no tiene precio.

En nuestra relación con los presos compiten dos impulsos: tender una mano y aplicar castigo. ¿Dirías que gana el segundo?

Sí, todos queremos más castigo. Yo veo las noticias con mis hermanas de comunidad, y cuando informan que un niño quedó con reclusión nocturna o se lo entregaron a la familia, dicen “buu, otra vez, ¿por qué los dejan libres?”. O sea, nosotros queremos encerrar gente. Y creo que llevamos tan internamente esa voluntad de castigo que ni siquiera nos damos cuenta.

Cuando se quemó la Cárcel de San Miguel quedó más o menos claro.

Leer esos posteos fue terrible. Tengo grabado ese “81 bocas menos que alimentar”, “pucha, qué lata que no murieron más”. Eso muestra lo que somos.

¿Crees que hace 50 años se habría posteado lo mismo o que la sociedad está más enrabiada?

Yo creo que nosotros tenemos una historia no sanada, que es la dictadura militar. Chile se marcó con la dictadura. Y los adultos no supimos hacer la transmisión oral de la convivencia que había antes. Cuando no existía la televisión, ni los celulares, la gente transmitía, te contaba cuentos, la historia de tu propia familia. El Evangelio, por ejemplo, fue transmitido oralmente por generaciones. Pero esa transmisión oral la hicimos enrabiados, y transmitimos esa rabia a los jóvenes. Ahí están los jóvenes del Instituto Nacional: les hemos ido enquistando la violencia como forma de resolver las cosas.

¿Qué crees que aportaba esa transmisión oral perdida?

Aportaba el encuentro, la comunicación. Al perder eso, empezamos a mirarnos a nosotros mismos. Dejamos de mirarnos a la cara, de dialogar en la verdad. Por eso no nos conocemos. Nos acordamos de los demás para pelarlos, pero no para entenderlos.

Igual, trabajar con gente que está presa tampoco puede ser puro encanto. ¿Nunca te dan rabia?

¡Por supuesto que me dan rabia! Me dan ganas de cachetearlas de repente… Sobre todo cuando saben que la droga las está hundiendo y siguen consumiendo esa cuestión. Te cuesta a veces no juzgar, es un ejercicio que he ido haciendo con el tiempo. Pero también veo el daño, conozco sus historias, entonces puedo entenderlas.

¿Qué tan importante es la religión en tu trabajo con ellas?

Una mujer no va a reconocer la experiencia de Dios porque yo le hable de Dios. Hay que mediar eso con acciones. Creo que en mi acción gratuita, sin esperar nada a cambio, ella va a descubrir que Dios la está amando, la está atendiendo. Por eso, más que hablarles, las escucho, para que puedan sacar sus dolores, sanar sus heridas. Y después de uno, dos, tres años, una mujer me dice “madre, me gustaría bautizarme”. Cuando aquí celebramos algún sacramento, siempre es porque ella dio el paso y lo pidió.

¿Y no pasa que, por ser más efusivos, los evangélicos juntan más gente?

Yo no estoy por la cantidad, estoy por la calidad del encuentro de Dios con ellas. Y sin criticar a las hermanas evangélicas, no soy de predicar “arrepiéntete, conviértete, saca al demonio de ti”. Jamás se me ocurriría decirles eso.

 

Daniel Hopenhayn/Diario La Tercera


Imprimir